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Mi comunidad

Crecí en Tremont Avenue, en el corazón del Bronx, y mi barrio es uno de los lugares más lingüísticamente ricos que conozco. Caminar por Tremont es caminar por un paisaje donde el español y el inglés coexisten en cada cuadra, en los letreros de las bodegas, en los menús de los restaurantes mexicanos y dominicanos, en las conversaciones que se escuchan desde las ventanas abiertas en verano.

El concepto de paisaje lingüístico, que estudiamos este semestre, describe exactamente lo que veo todos los días sin haberle puesto nombre antes. Las bodegas en Tremont Avenue son una mezcla constante: una bodega que dice “Open” en la ventana pero tiene todo el menú interior en español; una carnicería que anuncia “Chivos, Barbacoa, Tamales” sin necesidad de traducción porque sabe exactamente a quién le habla; una farmacia que tiene sus indicaciones en inglés arriba y en español abajo, reconociendo que su comunidad es bilingüe.

Lo que más me llama la atención de mi barrio como paisaje lingüístico es que el español no está escondido ni es secundario. Es prominente, orgulloso, y presente. Eso refleja algo importante sobre la comunidad de Tremont: somos mayoritariamente latinoamericanos, mexicanos, dominicanos, puertorriqueños y el español es parte central de nuestra identidad colectiva como vecindario.

Crecer en ese ambiente normalizó para mí el bilingüismo mucho antes de que supiera que esa palabra existía. Mi comunidad me enseñó que hablar español no es algo que se hace a pesar de vivir en Nueva York es algo que se hace precisamente porque somos neoyorquinos.